lunes, 30 de noviembre de 2015



CATEQUESIS N. 3
LAS INDULGENCIAS
JUBILEO DE LA MISERICORDIA



LA SEÑAL DE LA CRUZ
GLORIA AL PADRE…
CANTO: (CANTO SUGERIDO: DONDE HAY CARIDAD Y AMOR)

LA ALEGRIA DE ENCONTRARNOS
 
 
Seguramente hemos oído la palabra “indulgencias”, entendiendo por tal una especie de gracia o favor que se vincula al cumplimiento de una acción piadosa: el rezo de alguna oración, la visita a un santuario o a otro lugar sagrado. También al oír la palabra “indulgencias” vienen a nuestra memoria las disputas entre Lutero y la Iglesia de Roma, y las críticas subsiguientes de los otros reformadores del siglo XVI. Trataremos de explicar con detalle todo esto. ¡Nos daremos cuenta  que gran regalo nos ofrece Dios a través de la Iglesia con las indulgencias! La palabra ¨indulgencia¨ viene del término INDULTO, que significa PERDÓN DE UNA DEUDA O DE UNA CULPA MERECIDA. Cuando pecamos gravemente de manera libre y consciente, además de hacer daño a los otros, te separas de Dios y quedan cerradas las puertas del cielo para ti. ¿Qué es lo que se perdona con la indulgencia? No se perdonan los pecados, ya que el medio ordinario mediante el cual el fiel recibe de Dios el perdón de sus pecados es el sacramento de la penitencia (cf Catecismo, 1486). Pero, según la doctrina católica, el pecado entraña una doble consecuencia: lleva consigo una “pena eterna” y una “pena temporal”.

 ¿Qué es la pena eterna? Es la privación de la comunión con Dios. El que peca mortalmente pierde la amistad con Dios, privándose, si no se arrepiente y acude al sacramento de la penitencia, de la unión con Él para siempre.

El perdón del pecado por el sacramento de la Penitencia entraña la remisión de la pena eterna, pero,  subsiste aún la llamada “pena temporal”. La pena temporal es el sufrimiento que comporta la purificación del desorden introducido en el hombre por el pecado. Esta pena ha de purgarse en esta vida o en la otra (en el purgatorio), para que el fiel cristiano quede libre de los rastros que el pecado ha dejado en su vida.

¿Tiene sentido hablar hoy de las indulgencias? Claro que sí, porque tiene sentido proclamar las maravillas del amor de Dios manifestado en Cristo que acoge a cada hombre, por el ministerio de la Iglesia, para decirle, como le dijo al paralítico: “Tus pecados están perdonados, coge tu camilla y echa a andar”. Él no sólo perdona nuestras culpas, sino que también, a través de su Iglesia, difunde sobre nuestras heridas el bálsamo curativo de sus méritos infinitos y la desbordante caridad de los santos.

HABLEMOS CON DIOS
Jesús, Jesús toma mi corazón: te lo dono. Deseo que eso sea el refugio en que pueda encontrar asilo cuando los pecadores más obstinados, te rechazan y te maldicen. Soy un pobre hijo  tuyo, que le has dado una misión grande a cumplir. Mas Tú, omnipotente y benigno, me ayudas y me perdonas si no llego a cumplir todo lo que deseas de mí. Por eso confío en tu bondad y misericordia infinita y te pido: “Piedad Jesús, piedad de mí y de todo el mundo. Ayuda mi incapacidad y ayuda a todos, ¡Gracias Jesús! Sé que ninguna plegaria eleva el alma en vano y que a cada deseo o invitación tú respondes con generosidad y amor infinito. Sean rendidas mil veces gracias a ti, por todo aquel perdón y aquellos dones de amor que das a todas las criaturas de la tierra para redimirlas y salvarlas. Amén.
CANTO DEL ALELUYA

ESCUCHEMOS LA PALABRA

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN
3, 16-18
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. PALABRA DEL SEÑOR

REFLEXIONEMOS LA PALABRA

La máxima expresión del amor que Dios  nos tiene, se llama Jesucristo. Él es la manifestación suprema, la epifanía y la demostración definitiva de que Dios es amor y nos ama. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 9-10). “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único” (Jn 3, 16). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5, 8). Jesús nos revela a Dios en su más genuina identidad, en su verdad más profunda, en su plena autenticidad, que es la misericordia: bondad difusiva, amor que se entrega, fidelidad inquebrantable a sí mismo y a los demás. El gran mensaje de la revelación, que se convierte en Evangelio, es decir, en la Buena Noticia, que encuentra su máxima realización y expresión histórica en Jesucristo.

Ahora, podríamos preguntarnos: ¿Por qué nos ama Dios? Y tendremos que responder que la razón y el porqué de su amor a nosotros no están en nosotros mismos, sino en él. Dios nos ama porque él es el Amor, y es muy digno del amor amar. El amor de Dios no supone, sino que crea en nosotros la bondad y la belleza. Su mirada nos hace buenos y gratos a sus ojos, porque imprime en nosotros la imagen del Hijo de sus complacencias. Por eso, conocer de verdad a Cristo y creer en él, es conocer verdaderamente a Dios y creer en su amor. Y creer de verdad en el amor de Dios, es creer en Cristo. “Nosotros, confiesa Juan, hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4, 16). Toda la vida espiritual cristiana se reduce, en última instancia, a creer de verdad que Dios nos ama, reconociendo agradecidamente y aceptando con temblorosa libertad ese amor.

CELEBREMOS NUESTRA FE

CONDICIONES PARA GANAR LA INDULGENCIA

Para poder beneficiarse de las indulgencias es necesario estar bautizado, no excomulgado y en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas. Esto es fundamental para no caer en la superstición o pensar que se trata de algo mágico. Para que el sujeto que reúne estas condiciones se beneficie debe tener intención aunque sea general, de ganarlas y de cumplir las obras prescritas dentro del tiempo establecido y en la forma debida.
Con el sacramento de la CONFESIÓN, recibes el perdón de Dios y recuperas la unión con El. Este perdón, Dios te lo da gratis y supone que tendrás un cambio real en tu vida. Al confesarte se supone también que estás dispuesto a ¨reparar¨ o componer aquello que has descompuesto con tu pecado. Como esto muchas veces no es posible, pues es difícil reparar el daño cometido, entonces el pecado aunque ya esté perdonado en la confesión, te deja como una mancha, que tendrás que limpiar en esta vida con obras buenas o en el Purgatorio, para poder entrar totalmente limpio al cielo. Para entender esto mejor, podemos usar un ejemplo muy sencillo: el pecado es como un clavo que penetra en la madera. La confesión saca el clavo, pero deja un agujerito en la madera. La indulgencia es como el resanador que tapa el agujero y deja la madera como nueva.
Esto significa que si recibes la INDULGENCIA PLENARIA (perdón de todas tus culpas) estarás como recién bautizado, con el alma totalmente limpia de culpa. Si mueres acabando de recibir la indulgencia plenaria, te irás al cielo directo sin hacer escala en el Purgatorio.  A partir de la indulgencia todas las manchas que tenía tu alma desaparecerán. ¡Borrón y cuenta nueva! Es muy importante reflexionar: esto solo es posible porque la MISERICORDIA de Dios es infinita y porque su AMOR hacia ti también es infinito y no porque tú te lo ganes por tus méritos.
¿CÓMO GANAR UNA INDULGENCIA PLENARIA? Para ganar una indulgencia plenaria, debes siempre cumplir  los TRES REQUISITOS siguientes
1. La Confesión.  Hacer una confesión profunda.  La confesión puede hacerse el mismo día que se quiere ganar la indulgencia o haberla  hecho recientemente.
2. La Comunión. Esta debe llevarse a cabo el mismo día en que quiera ganarse la indulgencia.
3. La oración por las intenciones del Papa. Debes rezar un Padre Nuestro, una Ave María y un Gloria, y ofrecerlas por las intenciones del Papa por último, se reza la oración del jubileo de la Misericordia.
El papa Francisco en su carta, con la que concede la indulgencia con ocasión del jubileo extraordinario de la misericordia nos ofrece otros medios para ganar la indulgencia, medios o lugares que debemos tener en cuenta.[1]  
1) Los fieles “están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión”.
2) “Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la Santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia”
3) El Papa señala que cada vez que un fiel realice personalmente una o más las obras de misericordia corporales y espirituales “obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar”.
4) Sobre los enfermos y los ancianos que no pueden salir de casa, el Pontífice afirma que para ellos “será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad”. “Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la Santa Misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar”.
5) Sobre los presos, el Papa explica que “en las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad”.
6) Indulgencia para los difuntos: “De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin”.

COMPARTIMOS

 

Para ganar la indulgencia en el año de la Misericordia,  recuerda lo siguiente: La indulgencia es extra-sacramental (no es un sacramento). Requiere haber recibido el sacramento de confesión. La indulgencia no puede remover la culpa sino solo la pena. La culpa es removida al hacer una buena confesión. Ningún Papa ni concilio ha concedido a las indulgencias el poder de remitir la culpa, lo cual pertenece a la confesión sacramental. La indulgencia plenaria solo puede ser adquirida una vez en el transcurso del día. Aunque la comunión y la oración por el santo Padre son requeridas en el mismo día en que se ejecuta la obra o la oración, la confesión puede ser hecha 8 días antes o después. La indulgencia puede ser aplicada  por una persona difunta.

CANTO: (CANTO SUGERIDO: AMEMONOS DE CORAZÓN)
PADRE NUESTRO… AVE MARIA… GLORIA…
ORACION DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA
ABRAZO DE PAZ
SEÑAL DE LA CRUZ
CANTO MARIANO



[1] Carta del Santo Padre Francisco con la que se concede la indulgencia, con ocasión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, Vaticano, 1 de septiembre de 2015.




LA PUERTA SANTA



CATEQUESIS No. 2
 

LA PUERTA SANTA
JUBILEO DE LA MISERICORDIA

LA SEÑAL DE LA CRUZ
GLORIA AL PADRE…
CANTO: (CANTO SUGERIDO: EL SEÑOR ES MI PASTOR)

LA ALEGRIA DE ENCONTRARNOS

Durante el jubileo de la misericordia,  podremos sentirnos  peregrinos que entramos por la puerta del perdón.La Puerta Santa evoca el paso de cada cristiano del pecado a la gracia. La puerta es un elemento tan familiar y tan indispensable en toda construcción que de otra manera no tendría razón de ser en ninguna casa o edificio. Posee varios significados: es entrada, es enlace entre el interior y el exterior, es paso de un lugar a otro, es seguridad y resguardo, es ornato para la fachada, es espacio de saludo y bienvenida. En los últimos años el significado que más se expresa en las grandes ciudades y poblaciones es el de la inseguridad y del temor. Ahora las casas, sobre todo, las grandes casas, ya sea en las que se vive o en las que se tienen negocios, presentan puertas enormemente blindadas para no facilitar la entrada a los ladrones y a las personas de mal corazón. Es signo de una sociedad temerosa y desconfiada, que protege la vida propia y la de los suyos. Es signo de una sociedad oprimida por la maldad y por la perversidad. Es signo de muerte. Sin embargo, aún en medio de esta realidad social, también encontramos que se le sigue dando el lugar propio.


Abrir una puerta es dar oportunidad de favorecer el encuentro y la amistad, el diálogo y la comunicación diaria; muchas veces, es junto a la puerta donde el saludo a los amigos se prolonga, lleno de calor humano y de intensidad de afecto.  El signo de la puerta santa, es un signo característico de los años santos celebrados en la Iglesia. No se tomó en cuenta desde el primer año jubilar, celebrado en el año 1300, bajo el pontificado de Bonifacio VIII; fue introducido posteriormente. El signo de la Puerta Santa, se tuvo por primera vez en la Basílica del Santísimo Salvador de Letrán de Roma, durante el Jubileo celebrado en el año de 1423. Es un signo que invita a tomar conciencia del paso que cada cristiano está llamado a dar, del pecado a la gracia. Un paso que dice cambio de corazón, cambio de comprensión del mundo y del hombre, cambio de actitudes y de comportamientos en la vida diaria, cambio de mentalidad y de visión anticristiana, antievangélica.

Jesús dijo: «Yo soy la puerta» (Jn 10,7, para indicar que nadie puede tener acceso al Padre si no a través suyo. Esto significa que sólo Él es el Salvador enviado por el Padre. Entrar al mundo de Dios desde el mundo de nosotros, humanos distantes de Dios, exige hacerlo a través de Cristo, única entrada posible. Y si estamos acostumbrados a tener siempre encargados, oficialmente constituidos para un trabajo importante determinado, entendemos muy bien que Cristo es la «puerta oficial única» señalada por el Padre celestial. De tal manera, que sólo por Cristo se podrá llegar al encuentro con el Padre y vivir la experiencia de cercanía y de comunión con El.

Cruzar la Puerta Santa, ha de significar para nosotros los cristianos, el renovar nuestra decisión de vivir en Dios, de agrandar nuestra vida en las gracias redentoras de Jesús, de fortalecer cada vez más los lazos del amor a Dios y al prójimo. Por otra parte, la Puerta Santa nos ha de recordar la responsabilidad que hemos de tener cada uno de nosotros para motivar a los demás a entrar más decididamente a la casa del Padre, a su familia santa. Que Cristo nos introduzca más profundamente en la Iglesia. Que entremos alegres y triunfantes a tan dignísimo edificio espiritual para ofrecer sacrificios espirituales agradables al Padre.

HABLEMOS CON DIOS
 
Jesús, pastor y sustento de tus fieles, guía seguro y sendero de vida, tú que conoces a todos por su nombre y nos llamas todos los días uno a uno y nos invitas a entrar por ti, puerta de salvación, haznos capaces de reconocer tu voz, de sentir el calor de tu presencia que nos envuelve, incluso cuando el camino sea estrecho, impracticable, y la noche, profunda e interminable. Siguiéndote sin resistencias y sin miedos, llegaremos a los prados que verdean, a las fuentes frescas de tu morada, donde nos harás beber y reposar. Amén.
CANTO DEL ALELUYA

ESCUCHEMOS LA PALABRA

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN
(10, 1-10)
En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. PALABRA DEL SEÑOR


REFLEXIONEMOS LA PALABRA
  
“Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7). Con estas palabras Jesús nos indica uno de sus servicios de Buen Pastor. Se presenta como puerta para sus ovejas. Esta comparación nos lleva a descubrir la grandeza de su persona y, a quienes tenemos la responsabilidad de conducir a otras personas, nos ayuda cuestionarnos si estamos viviendo bien nuestro servicio. Con este ejemplo, que implica la donación total por el bien de los suyos, Jesús se muestra como pastor.
¿Por qué dice que es puerta? Es bien interesante la imagen. Un pastor frecuentemente tenía que pasar la noche en el campo. Ahí improvisaba, con piedras, palos y ramas, un corral para sus ovejas. Él se quedaba como puerta, sentado o recostado, con el bastón por un lado. Así pasaba la noche. De esta manera, cuidando que no se salieran las ovejas o que fuera a llegar el lobo a atacarlas, hacía la función de puerta. Cuando se quitaba, todas podían salir o entrar al corral. De este modo, teniendo al pastor como puerta, cada oveja “podrá entrar y salir y encontrará pastos”. O sea que tienen la vida garantizada, por lo menos en lo que corresponde al pastor. En el caso de Jesús, hay una ventaja, pues Él dice: “quien entre por mí se salvará”. Como bautizados, como discípulos de Jesús, Él se convierte en nuestro camino, en el acceso a la comunidad y al Padre. Por eso, para actuar, tenemos que caminar por donde Él camina.
Jesús caminó por el anuncio de la Buena Nueva, el servicio, la ayuda, el perdón, la misericordia, la entrega de la vida. De esta manera cumplió el objetivo de su envío al mundo de parte del Padre: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Ese camino, que podemos identificar como vida digna, amor, justicia, paz, también nosotros lo tenemos que recorrer junto con Jesús, y como Él, para salvarnos. Eso significa entrar por Él, nuestra puerta. Según la comparación de Jesús, el pastor está obligado a entrar por la puerta. Esto lo tenemos que tener en cuenta quienes hemos sido llamados a conducir a otras personas: en la familia, la escuela, la comunidad, la sociedad. De este modo, siendo pastores, también hay que entrar por la puerta –Jesús– para que las ovejas no huyan. Huyen del ladrón porque a él no lo conocen. Es más, Jesús aclara que el ladrón “sólo viene a robar, a matar y a destruir”
Nos dice  el evangelio de san Juan. “Yo soy la puerta” (Jn 10,17). Las puertas de nuestros templos, son siempre símbolos  de Cristo,  Cristo  es la puerta para ir al Padre; es la puerta para alcanzar  la salvación, es la puerta de la vida.  Por Cristo, por los sacramentos, entramos  a formar parte de la Iglesia. Cada vez que entramos en un templo,  su puerta en ocasiones adornada, nos recuerda a Cristo. Él es, como dice San Juan Pablo II, la puerta viva.  Las puertas en los templos sirven de entrada y  también de separación de dos realidades: la interna o espiritual y la  externa o profana, o mundo.  En  el  Jubileo de la Misericordia, nuestro obispo,  concede el don de la puerta santa a: Iglesia Catedral “El Niño Dios” Cuilapa,  Parroquia “Cristo Rey” Nueva Santa Rosa y la Parroquia San Miguel Arcángel, Taxisco.   Estos serán los templos que en nuestra diócesis  deben ser considerados como lugares santos, durante ese año de la misericordia. La puerta de estos lugares, no es que sea mágica y que al pasar por ella se te perdonen automáticamente los pecados. Pasar por la puerta santa significa confesar públicamente que reconoces a Cristo como Salvador; que estás dispuesto a dejar atrás el pecado y entrar a una nueva vida de gracia (sin pecado).

CELEBREMOS NUESTRA FE
 
 Delante de nosotros se encuentra la gran puerta de la Misericordia de Dios, que acoge nuestro arrepentimiento ofreciendo la gracia de su perdón. La puerta es generosamente abierta, pero nosotros debemos valerosamente cruzar el umbral. Del Sínodo de los Obispos, que hemos celebrado el pasado mes de octubre, todas las familias, y la Iglesia entera, han recibido un gran aliento para encontrarse bajo el umbral de esta puerta. La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas, para salir con el Señor al encuentro de sus hijos y de sus hijas en camino, a veces inciertos, a veces perdidos, en estos tiempos difíciles. Las familias cristianas, en particular, han sido animadas a abrir la puerta al Señor que espera para entrar, trayendo su bendición y su amistad.

El Señor no fuerza jamás la puerta: Él también pide permiso para entrar, como dice el Libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (3,20). Y en la última gran visión de este Libro, así se profetiza de la Ciudad de Dios: «Sus puertas no se cerrarán durante el día», lo que significa para siempre, porque «no existirá la noche en ella» (21,25). Existen lugares en el mundo en los cuales no se cierran las puertas con llave. Pero existen tantos otros donde las puertas blindadas se han convertido en normales. Esto no nos sorprende; pero, pensándolo bien, ¡es un signo negativo! No debemos rendirnos a la idea de tener que aplicar este sistema en toda nuestra vida, en la vida de la familia, de la ciudad, de la sociedad. Y mucho menos en la vida de la Iglesia. ¡Sería terrible! Una Iglesia inhóspita, así como una familia cerrada en sí misma, mortifica el Evangelio y marchita el mundo.

La gestión simbólica de las “puertas” – de los umbrales, de los caminos, de las fronteras – se ha hecho crucial. La puerta debe proteger, cierto, pero rechazar. La puerta no debe ser forzada, al contrario, se pide permiso, porque la hospitalidad resplandece en la libertad de la acogida, y se oscurece en la prepotencia de la invasión. La puerta se abre frecuentemente, para ver si afuera esta alguno que espera, y tal vez no tiene la valentía, o ni siquiera la fuerza de tocar. La puerta dice muchas cosas de la casa, y también de la Iglesia. La gestión de la puerta necesita un atento discernimiento y, al mismo tiempo, debe inspirar gran confianza. Quisiera expresar una palabra de agradecimiento para todos los vigilantes de las puertas: de nuestros condominios, de las instituciones cívicas, de las mismas iglesias. Muchas veces la sagacidad y la gentileza de la recepción son capaces de ofrecer una imagen de humanidad y de acogida de la entera casa, ya desde el ingreso. ¡Hay que aprender de estos hombres y mujeres, que son los guardines de los lugares de encuentro y de acogida de ciudad del hombre! En verdad, sabemos bien que nosotros mismos somos los custodios y los siervos de la Puerta de Dios, que es Jesús. Él nos ilumina en todas las puertas de la vida, incluso aquella de nuestro nacimiento y de nuestra muerte. Él mismo ha afirmado: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (Jn 10,9). Jesús es la puerta que nos hace entrar y salir. ¡Porque el rebaño de Dios es un amparo, no una prisión! Son los ladrones, aquellos que tratan de evitar la puerta, porque tienen malas intenciones, y se meten en el rebaño para engañar a las ovejas y aprovecharse de ellas. Nosotros debemos pasar por la puerta y escuchar la voz de Jesús: si sentimos su tono de voz, estamos seguros, somos salvados. Podemos entrar sin temor y salir sin peligro. En este hermoso discurso de Jesús, se habla también del guardián, que tiene la tarea de abrir al buen Pastor (Cfr. Jn 10,2). Si el guardián escucha la voz del Pastor, entonces abre, y hace entrar a todas las ovejas que el Pastor trae, todas, incluso aquellas perdidas en el bosque, que el buen Pastor ha ido a buscarlas. Las ovejas no las elige el guardián, sino el buen Pastor. El guardián – también él – obedece a la voz del Pastor. Entonces, podemos bien decir que nosotros debemos ser como este guardián. La Iglesia es la portera de la casa del Señor, no la dueña. La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué cosa significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene amparo, para quien huye del peligro. Las familias cristianas hagan del umbral de sus casas un pequeño gran signo de la Puerta de la misericordia y de la acogida de Dios. Es así que la Iglesia deberá ser reconocida, en cada rincón de la tierra: como la custodia de un Dios que toca, como la acogida de un Dios que no te cierra la puerta, con la excusa que no eres de casa”[1]

COMPARTIMOS

 
¿Qué piensas de las siguientes palabras del Papa? “En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza. El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia” ¿En qué templos de la diócesis se podrá ingresar por la puerta Santa? 

CANTO: (CANTO SUGERIDO: TU ERES PEDRO)
PADRE NUESTRO… AVE MARIA… GLORIA…
ORACION DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA
ABRAZO DE PAZ
SEÑAL DE LA CRUZ
CANTO MARIANO


[1] Catequesis del Papa Francisco sobre el sentido de la puerta santa, 18 de octubre 2015.